Subestructuras de la personalidad. Tercera parte.
Por: Mariano Cañizares Parrado.
CARÁCTER: (Biopsicosocial). Tiene como su basamento biológico, las distintas expresiones temperamentales, las cuales son moderadas y autorreguladas por la formación de nuevos rasgos, durante el desarrollo ontogenético de la personalidad. Estas nuevas cualidades sólo representan la exteriorización de la consciencia. Son el testimonio o declaración de lo que queremos aparentar, pero que realmente no somos.
El carácter es además el conjunto de propiedades psíquicas, condicionantes de las conductas sociales aprendidas por el ser humano en su actividad diaria. A pesar de lo estable que pueda llegar a ser todos estos atributos, de formación predominantemente social; en situaciones de extrema tensión psíquica, tendremos que contentarnos con su sustento biológico, es decir, con las peculiaridades del temperamento.
Siempre le digo a mis alumnos: A un colérico instruido, si lo dejan pensar, conocerán a profundidad los rasgos más estables de su carácter, de lo contrario, aténganse a las consecuencias, porque tendrán el privilegio de constatar su temperamento.
TEMPERAMENTO: (Biológico e instintivo). Esta representa la más auténtica subestructura del comportamiento. Es determinante en situaciones extremas, como el estrés, tensión psíquica y los cambios atmosféricos (la ionización). Es la medida exacta de lo natural. Aquello que nos hace irrepetibles e imposible de imitar. Es la parte instintiva de la personalidad. La que no se equivoca al presentarnos al mundo que nos rodea tal y como somos, sin el desdoblamiento falso y utilitarista del carácter.
Es puramente biológico, dependiendo esencialmente del tipo de sistema nervioso que nos caracteriza. Es genético por naturaleza. Sus impulsos no tienen el beneficio de la capacidad autorreguladora de la voluntad y cuando en algún comportamiento se muestra de una manera no instintivo - afectiva, es el producto de los efectos del carácter.
Todo este caudal biológico e instintivo, nos hace posible asegurar que el tipo de temperamento predominante en cada ser humano, determina de manera sustancial las distintas formas de expresión en cada esfera de interacción, cuando de situaciones extremas se trata; especialmente en el área sexual.
Un ejemplo evidente puede ser: No es lo mismo el comportamiento sexual de un temperamento colérico y el de un flemático.
Los estudios sobre el temperamento se remontan a la antigüedad; desde Empédocles (495 - 425 a.C), Hipócrates (460 - 336 a.C), Claudio Galeno de Pérgamo (130 - 200 d.C). Quien avanzó de manera considerable al lograr explicar con cierta exactitud, el por qué de las diferencias entre los seres humanos, matizadas éstas por los estados emocionales precipitantes de distintos tipos de comportamiento. Todos estos estudiosos siempre relacionaron el temperamento con predisposiciones que hacían comportarse al ser humano tal y como es.
Ellos se refirieron también a cualidades del ambiente como: Calor, frío, seco y húmedo, sin hacer referencias a las conductas aprendidas en el desarrollo ontogenético de la personalidad. Tema que desarrollaré en el próximo artículo.