Psicomanías. Primera parte.

11.02.2014

Por: Mariano Cañizares Parrado.

Pacientes o psicópatas.

El término de psicomanías no es muy frecuen­te en las ciencias que intervienen en el estudio y tratamiento de la mente humana. Sin embargo, en lo particular siempre lo utilizo, con el fin de darle un sentido genérico a una serie de comportamien­tos humanos, exigentes de un diagnóstico diferen­cial muy fino, entre enfermedad, psicopatía y otros trastornos del comportamiento.

La piromanía, cleptomanía, ludomanía y mito­manía, entre muchas otras; deseo darles prioridad, para demostrarles que ninguna de ellas es verda­deramente una enfermedad.

Los únicos profesionales claros en la ausencia de un comportamiento enfermo en estos tipos de con­ductas humanas, son los juristas, los cuales de­muestran en cada proceso judicial, la culpabilidad de todos estos sujetos con tendencias desvergonza­das y perversas.

Los Psiquiatras y Psicólogos en su ánimo ilimi­tado de concebir pacientes y no psicópatas, son los principales responsables de los malos procedi­mientos en lo referente a la rehabilitación de estos seres humanos.

No es lo mismo psicoterapia, que psicocorrec­ción. La primera es un término médico y psico­lógico, utilizado con fines de tratamiento a una alteración involuntaria del sujeto, dado por la in­suficiente adaptación entre éste y el medio interac­tuante. La segunda admite lo no tan involuntario ni inconsciente, por tanto, nos permite además de tratar síntomas derivados de un trastorno del com­portamiento; rehabilitar a un delincuente.

No es lo mismo decir: "La sintomatología esencial de un pirómano es producir incendios de forma de­liberada y consciente", que sustituir sintomatología por el placer de provocar el incendio, sin considerar sus posibles consecuencias.

Si hablamos de síntomas, estamos refiriéndonos a un enfermo. Sin embargo, el regocijo y el gusto característico de un pirómano, nada tiene que ver con la enfermedad. ¿Es acaso el gozo apoyado en el dolor de otro, un síntoma?

El pirómano, como casi la totalidad de los psi­comaníacos, son personas frustradas, difíciles en la comunicación con sus similares, amantes de la soledad y aislamiento voluntario.

¿Podemos considerar enfermo a quien simple­mente no ha sido capaz de realizarse como ser so­cial? No, dejémonos de compasiones alejadas del sentido común y con atino, consideremos a estos sujetos como psicópatas, dándole riendas sueltas a sus descompensaciones, para satisfacer deseos y entretener su vida aburrida y carente de utilidad social.

Con respecto a la cleptomanía es necesario con­siderar un aparte, referido a quienes roban cosas sin valor espiritual ni material; sólo por el hecho de la simple satisfacción de un deseo, sin ocasio­nar daños de ninguna naturaleza. En este caso po­demos estar en presencia de un estado obsesivo, necesitado de tratamiento psicoterapéutico. Por supuesto, con un pronóstico muy reservado. Gene­ralmente su fin es el encarcelamiento, de donde si cumplen, vuelven otra vez.

Otro tipo es el cleptómano que desde muy tem­prana edad presenta muy pobre control de sus im­pulsos; expresados en el acto de robar.

Generalmente comienza desde pequeñito, donde los niños sustraen pertenencias a los compañeros de colegio, para llevarlas a sus casas, lo cual va enriqueciendo progresivamente el reflejo condicio­nado de la necesidad compulsiva de robar.

Decir que un cleptómano de esta naturaleza, es un enfermo y que requiere tratamiento, es uno de los absurdos más aberrantes.

Es necesario dejar claro que la cleptomanía debe psicocorregirse desde los primeros estadios del de­sarrollo ontogenético de la personalidad. Esta ta­rea no es clínica, sino educativa. No pertenece a un Médico o Psicólogo clínico, sino a los padres, maestros y psicopedagogos, los cuales deben llevar un celoso control sobre el comportamiento de los impulsos en estos niños y adolescentes, para evitar que sean vulgares ladrones en la adultez.

El pronóstico de la psicocorrección en un clep­tómano, es realmente pésimo. Son caldo de celdas.

Sencillamente no se trata de un enfermo, sino de un delincuente que comete el delito de hurtar con pleno conocimiento de causa y efecto.

Otro tipo de psicomanía, muy asociado al hur­to es la ludomanía, donde el sujeto no se puede resistir ante los impulsos por jugar y si no tiene plata para hacerlo, puede ser capaz de matar para lograrla.

La ludomanía a diferencia de la cleptomanía, co­mienza un poquito más tarde, predominantemente en la fase media de la adolescencia.

El principio de este trastorno del comporta­miento está determinado fundamentalmente por el deseo de independencia del adolescente, donde las apuestas ocasionales se van convirtiendo con el tiempo en hábitos de conducta. Muchas veces agravadas por los compromisos contraídos, lo cual lleva de manera progresiva a jugar más fuerte, ha­ciendo apuestas a veces desmedidas, con el fin de pagar las deudas.

La ludomanía como forma de comportamiento es mucho más grave que otras psicomanías, porque quienes la padecen, sufren muchas pérdidas, no sólo económicas, sino también sentimentales y so­bre todo sociales: Pierden trabajos, amigos, destru­yen sus familias, llegando finalmente a convertirse en delincuentes peligrosos para la estabilidad del medio en que interactúan, porque los altos niveles de estrés los van convirtiendo en personas suma­mente irritables y agresivas.

Se transforman en seres desvergonzados, porque cada vez se endeudan más, con el fin de seguir ju­gando. Cuando ya nadie les presta, pueden llegar a cometer asesinatos, con el solo objetivo de conse­guir plata y seguir jugando. Supuestamente, para poder quedar a paz y salvo con todos sus acreedo­res.