Buscando entre los huesos.

24.07.2018

Por: Mariano Cañizares Parrado.

Teniendo en cuenta el tema propuesto, lo más racional es comenzar por una frase del Filósofo Griego, Diógenes de Sinope (412 -323 a.C). Quien en un viaje a Egina, tuvo que soportar la terrible vejación de ser vendido como esclavo y después de lograr su libertad, se dedicó con afán a enseñar, cómo alcanzar el autocontrol, como la expresión máxima de la capacidad de gestión, para buscar la eficiencia del rendimiento físico y mental en el futuro.

Este sabio, en una de las oportunidades, donde pudo exponer los principios fundamentales de su filosofía ante un numeroso grupo de personas, se supone conoció a Alejandro Magno; hijo y sucesor del Rey Filipo II de Macedonia.

El joven Rey sintió tanto afecto por el famoso filósofo, que se cuenta en la historia una frase muy significativa, cuando dijo: "De no ser Alejandro, habría deseado ser Diógenes".

En otra ocasión Alejandro se tropezó con el filósofo, mientras observaba con mucho detenimiento una gran pila de huesos humanos. Cuando el Rey le preguntó sobre qué hacía; Diógenes contestó: "Estoy buscando los huesos de tu padre, pero no puedo distinguirlos de los de un esclavo".

¡Cuánta sabiduría! Pero más que todo. ¿Cuántos años han transcurrido desde que Diógenes expresara tan sabias palabras? En vano por supuesto, porque el dinero y el poder jamás engrandecen los nobles sentimientos, sino los falsos conceptos, relacionados con la equidad humana, donde la disposición del ánimo que mueve a dar a cada uno lo que necesita, está totalmente retorcida; entregando arbitrariamente bajo el concepto del poder, lo que entendemos se merece.

Por otra parte, el dolor, el sufrimiento y la hostilidad impregnada en lo más profundo de los sentimientos de un ser pobre, despreciado y maltratado por las clases altas, despiertan comportamientos hostiles hacia el agresor y en muchas ocasiones, alcanza a todos los integrantes de esa capa social, porque sin dudas, están menos capacitados, pero no por ello, carecen de inteligencia, como para impedirles conocer, que después de la muerte todos seremos iguales.

Soy un eterno convencido de que los seres humanos, a cualquier nivel, somos más ignorantes que malvados y muchas veces, al eliminar la ignorancia, logramos borrar por completo la maldad.

Rechazar a un ser humano por su estatus social, económico, político, cultural... es una total ignorancia, pero a la vez sirve de pedestal, para sostener las conductas malignas más extremas.

La ignorancia y la maldad, tienen en común el daño al prójimo, sin mediar ni una milésima de razón. Estos dos términos interactúan y aunque sus formas de expresión sean diferentes, las cubre otra similitud: En ambas está ausente la educación. No confundamos este término con instrucción. Podemos ser muy instruidos y poco educados.

En mi vida de estudiante tuve innumerables profesores, inmensamente instruidos y muy mal educados. Hoy los recuerdo con gratitud, porque fueron los primeros en hacerme comprender en la práctica, las grandes diferencias entre la ignorancia y la maldad. Sencillamente: No eran malvados, sino ignorantes.

El amor a la sabiduría, lamentablemente se ha perdido con el paso de los años. En este sentido estimo, que los mayores culpables de tan significativa desorientación, son los centros educativos (a cualquier nivel) y los gobiernos ignorantes, que por tal cualidad, engendran la maldad por ignorancia.

Al respecto, sería muy conveniente investigar, cuántos gobernantes de países y rectores de centros estudiantiles en el mundo, son doctores en Ciencias Filosóficas.

Anticipadamente les puedo asegurar que no llegan ni al 5%. Indicador responsable de la mala educación, ignorancia y maldad imperante, en este mundo, que nos ha tocado vivir.

En una ocasión una periodista, después de haber leído mi currículo, me preguntó: ¿Por qué en vez de ejercer su especialidad en Psicofisiología, no se dedica a la enseñanza de la Filosofía? Ahí comprendí más sobre mi ignorancia, porque esta sociedad consumista nos consume y desgraciadamente el valor dado a la sabiduría, es tan insignificante, que muchos toman la decisión de gastar en una botella de licor, antes de invertir en la compra de un prestigioso libro. El cual al leerlo, sin margen de error, nos hará cada día menos mendigos de sí mismo.