Los hombres somos culpables.

Por: Mariano Cañizares Parrado.
En toda mi trayectoria como investigador de los asuntos relacionados con el surgimiento y desarrollo de la raza humana, así como del psiquismo, he podido comprobar que los conceptos científicos no son totalmente incompatibles con las teorías míticas y religiosas, porque entre ellas no necesariamente tiene que estar excluido ni lo divino, ni lo biológico.
Siempre he sido conservador y muy respetuoso, cuando debo referirme a todo aquello ocupante del espacio entre lo conocido y lo desconocido. Por tal motivo, no pretendo inmiscuirme en los conceptos religiosos, ni tampoco entrar en contradicción con los darwinistas. Ese es un tema demasiado complejo y poco conocido en realidad. Todos aquellos que se han aventurado a emitir criterios acabados al respecto, lo único que han hecho, es caer en el idealismo o el materialismo subjetivo, desde el punto de vista filosófico.
Lo cierto es que el origen y desarrollo del hombre y la mujer, no puede ser discriminativo. No es superior el uno con respecto al otro. Sencillamente son diferentes.
El hombre es más fuerte, con más energía física y capacidad pulmonar. Con más glóbulos rojos, hemoglobina, hematocritos etc. Sin embargo, la mujer es más frágil, pero no por ello menos capaz. En muchas cosas son superiores: Su aptitud para amar, ofrecer ternura, comprensión asociada a una alta flexibilidad del pensamiento, cariño, delicadeza, intuición inigualable, capacidad única para desarrollar en su interior una nueva criatura, la cual garantiza la continuidad de la raza humana, y el amor incondicional por la paz, hacen de la mujer un ser muy exclusivo.
Los hombres por su parte, nos creemos invencibles y omnipotentes. Queremos gobernarlo todo y con mucha frecuencia utilizamos la fuerza para maltratar a un ser más débil físicamente, sin darnos cuenta que la irritabilidad comienza donde termina la razón.
Todo en la mujer es amor y ternura. Basta mirar sus carteras. Están totalmente desorganizadas; llenas de coloridos como: creyones de labios, perfumes, cremas, espejos y no sé cuántas cosas más. Pero todas tienen dos cosas en común: Son para agradar a quienes aman y no existe nada más parecido al dormitorio de un niño, donde lo único que reina es la desorganización amorosa y colmada de sencillez sentimental.
En mi vida profesional he atendido cientos de mujeres, que antes de ser lesbianas habían intentado crear el supuesto hogar perfecto. Es decir, amar a un hombre, serle fiel, tener hijos y criarlos bajo las normales reglas de educación cristiana. A casi todas les he preguntado el porqué de su inclinación hacia su propio sexo, si originalmente no había sido así. Todas me han respondido de manera muy categórica.
Quiero hacer referencia al contenido expresado por una de estas mujeres. Aunque es casi textual, no lo encierro en comillas, porque está redactado por mí.
CONFESIÓN DE UNA MUJER.
Siempre busqué en los hombres seguridad, decisión e inteligencia, acompañada de una actitud tierna, sentimental y romántica. Me costó mucho trabajo encontrarlo, pero al fin llegó.
En la misma medida en que lo conocía a profundidad, iban mermando las cualidades que me habían cautivado; hasta que un buen día apareció la incomprensión, rigidez de pensamiento, la soberbia acompañada de la imposición de conceptos y criterios, que no albergaban la posibilidad de análisis, y si le replicaba al respecto, su comportamiento llegaba a la agresión verbal. Todas estas actitudes fueron destruyendo la delicadeza y el romanticismo, convirtiéndolo en un ser distante y carente de afectos.
Antes de que se aventurara a practicar la agresión física, decidí terminar con esa relación; a pesar de tener que asumir la manutención y educación de mis hijos.
Durante varios años intenté buscarle un padre a mis niños, pero sin abandonar los gustos hacia las cualidades que deben caracterizarlo. Todo fue en vano, hasta que un buen día medité sobre si yo entregaba tanto como exigía. Me di cuenta que sí. Entonces me pregunté en silencio. ¿Será que lo tanto buscado por la mujer en el hombre está tan escaso, porque es exclusivo del sexo femenino? Ahí surgió mi primera inquietud.
Tenía muchas amigas casadas; tantas como las que se quejaban de falta de afecto en su relación matrimonial. Un buen día comencé a acercarme más a una de ellas, porque por encima de sus cualidades sentimentales me agradaba su físico. Fuimos intimando en la amistad, hasta que sin haberlo planificado nos encontramos dándonos un beso apasionado. Suficiente como para renacer el amor que alguna vez había sentido hacia el padre de mis hijos.
Llevo diez años compartiendo todos los momentos de mi vida con mi compañera y lo único que reina es el amor. Tanto ella como yo, sabemos como nadie, dónde y de qué manera encontrar placer y felicidad.
En esencia, el sexo femenino está arribando a una conclusión: La arrogancia y la prepotencia son contagiosas y ellas estiman que ninguna mujer debe permitir el contagio, porque el mundo se inundaría de cualidades muy negativas.
Desgraciadamente hoy observamos con cierta frecuencia a mujeres que aparentando ser fuertes, en esencia son débiles, por tanto, las féminas debemos seguir luchando, pero no para hacernos eco de la ignorancia, sino para ser verdaderamente fuertes y auténticas. Así podremos contagiar a los hombres de cortesía, paciencia, prudencia y tolerancia. Que en definitiva son, los cuatro ingredientes superiores, para que surja el amor.
Después de escuchar esta narrativa, contada con tanta pasión, he llegado a una conclusión: La mujer bien atendida, es como el merengue; de sólo percibir el calor se derrite. Pero este aumento de temperatura debe ser sinónimo de saber amarlas, porque siempre lo perciben como un acto de protección, donde se mitigan los dolores y sufrimientos y aparecen como sustitutos, la esperanza y la seguridad proyectadas al futuro.
Amo las aptitudes que Dios les otorgó a todas las mujeres al nacer, y estoy totalmente seguro, de que los hombres debemos amarlas como ellas nos aman, o de lo contrario estaremos obligados (aunque no sea agradable para algunos), a compartir la vida con alguien del mismo sexo, porque por nuestra ignorancia y agresividad, somos cada día más despreciados.
No creo ser la excepción de los hombres, pero si me comprometo considerablemente para ofrecerles a todas las mujeres los más esmerados actos de comprensión y delicadeza.
Creo ser privilegiado por haber conocido desde que nací a la mujer más amorosa del mundo. Mi madre jamás me perdonó una respuesta agresiva o simplemente carente de cortesía. Fueron tantos los buenos modales aprendidos desde mis primeros años de vida, que yo mismo me fui convenciendo sobre el significado y la trascendencia personal y social que acompaña el maltrato a una mujer. Agredirla es como caerle a palos a una flor, despedazando sus pétalos sin razón alguna.
Gracias a Dios heredé de mis ancestros la gracia divina de
escribir poemas y con mucha frecuencia se los escribo a mi señora. Ellos son el
testigo fiel del amor que podemos profesar hacia nuestras mujeres. Sin embargo,
no es necesario escribir de esta manera, si no contamos con el don de hacerlo.
Sólo basta entregarles una mañana cualquiera, en un pedacito de periódico mal
cortado, una frase de amor. La más sencilla: Te quiero mucho. A los diez años
si nos lo hemos ganado, encontraremos en el fondo de esa cartera desorganizada,
el maltrecho papel con múltiples huellas de creyones de labios y pinturas de
uñas. Quizás para nosotros imperceptible, pero para ellas sigue nítido como el
amor que hemos sido capaces de ganarnos; sólo con amarlas.