El lobo benévolo y el malvado.

21.11.2017

Por: Mariano Cañizares Parrado.

Recuerdo haber leído un consejo de la cultura indígena cherokee, cuando era estudiante universitario, donde en mis tiempos libres me metía en la biblioteca nacional de Cuba y siempre salía con rinitis, pero también lleno de amor a la sabiduría.

Lo transcribo textualmente: Un antiguo indio Cherokee dijo a su nieto. "Hijo mío, dentro de cada uno de nosotros hay una batalla entre dos lobos. Uno es malvado: Es la ira, la envidia, el resentimiento, la inferioridad, las mentiras y el ego. El otro es benévolo: Es la dicha, la sabiduría, la paz, el amor, la esperanza, la humildad, la bondad, la empatía y la verdad."

El niño pensó un poco y preguntó: Abuelo ¿Qué lobo gana? El anciano respondió: "El que alimentas".

¿Cómo empezar a conocer a cuál lobo alimentas?

En el año 2010 uno de mis pacientes más queridos; el señor Andrea Brezzi, me regaló un libro de su autoría, titulado: Tulato, ventana a la prehistoria de América. Un día un médico me vio leyendo aquel inmenso texto de 620 páginas y un peso aproximado de cinco libras y exclamó asombrado: ¿Lo estás hojeando no? Ante tal ignorancia le dije: Sí, pero que bueno sería que te lo leyeras, porque así serías mejor médico.

Cada vez que leo un libro lo anoto en una larga lista que ya rebasa los dos mil ejemplares. Me gusta leer de todo: Ciencia, literatura, biografías, historia, filosofía, psicología, arte, política... Todos enriquecen la vida sin lugar a dudas.

Soy un estudioso apasionado de las distintas culturas: Indígena, asiática, árabe, africana... y más que todo sus híbridos, los cuales han sido enriquecidos de manera casi sobrenatural, porque de esta manera puedo ser paciente, tolerante y comprensivo, en dependencia de cada individualidad.

Con esta historia cualquier persona puede inducir que alimento al lobo benévolo. Sin embargo, cuando converso conmigo mismo en una profunda introspección, aún siento que de vez en cuando le doy mis pedacitos de carne al lobo malvado.

Cuál será la deducción si analizamos con detenimiento esta pequeña anécdota: En mis oficinas tengo un letrero inmenso en la puerta de entrada que dice: TOQUE EL TIMBRE Y ESPERE SER ATENDIDO. Hace apenas un mes un profesional universitario, llegó y le dio con el puño varios golpes a la puerta. Cuando una de mis asistentes salió y le advirtió sobre tocar el timbre y esperar; el señor respondió en tono imperativo: "Fue lo que hice, tocar y esperar". Mi asistente embestida de una espesa cultura, le contestó humildemente: "Usted no ha tocado el timbre", a lo que el señor respondió: "Ahí no dice timbre por ninguna parte", mientras miraba la puerta. Al darse cuenta que no había leído todo el letrero. Sólo susurró: "Bueno, ¿puedo pasar?".

¿Qué quedará para quien no lea un pequeño letrero colgado en la puerta donde tiene cifradas las expectativas de abandonar para siempre al lobo malvado? Sin dudas. Continuar cada minuto de la vida siendo un mendigo de sí mismo.