Los histéricos despistados.

23.07.2013

Por: Mariano Cañizares Parrado.

Esta es la variante más sutil del narcisismo. Está tan íntimamente relacionada con lo conscien­te, que muchas veces es posible superarlo. Aunque sólo lo es, si de manera oportuna existe alguien ca­paz de no dejar pasar por alto, ninguno de los com­portamientos descritos en lo adelante, haciéndolos perceptibles a través de una crítica constructiva.

Mi señora les llama: "Los eternos buscadores de direcciones". Término realmente genial, porque mi­ran para cualquier parte, menos hacia donde de­ben hacerlo.

La única manera de comprender a profundidad esta conducta, es apoyados en un ejemplo, que esté sustentado por lo objetivo y subjetivo de las actuaciones aparentemente despistadas de un ser humano.

Lo objetivo y lo subjetivo es uno de los temas más polémicos en el campo de la filosofía, psicología, psiquiatría, arte, literatura, e inclusive dentro de la investigación realizada en ciencias exactas. Sin embargo, no es imposible de comprender, cuando se tienen conocimientos suficientes para poder es­tablecer los límites conceptuales necesarios.

En la vida cotidiana lo objetivo es sinónimo de lo sustantivo. Es decir, de lo material y real ante nuestros órganos sensoriales. Por tanto, una per­sona es objetiva, en la misma medida en que no asume una actitud personal en el reflejo de la rea­lidad circundante.

Cuando los motivos dominantes de conducta en un ser humano, están permeados por los sen­timientos y su forma de pensar en el instante de representar o reflejar la realidad, el contenido esen­cial de esa percepción está bañado de subjetivis­mos, donde predominan de manera patológica los impulsos afectivos.

Es necesario pensar detenidamente en este comportamiento, y de seguro recordaremos miles de instantes donde hemos sido afectados por histé­ricos despistados.

Vamos conduciendo nuestro auto por una calle cualquiera y de pronto nos tropezamos a una per­sona manejando despacio, haciendo movimientos innecesarios del timón, lo que da la impresión de estar en presencia de un ser en estado de embria­guez.

En este caso necesitamos tocarle el claxon del auto, porque pareciera nos puede atropellar. Sin embargo, y para sorpresa nuestra, responde como si estuviera en un letargo infundado.

En otra ocasión vamos caminando por la calle y tenemos delante nuestro, a otra persona movién­dose muy lento. Al intentar abordarla, para cual­quier ángulo que lo hagamos, siempre se nos in­terpone. Es como si nuestra energía lo estuviera moviendo como una marioneta. En casi todos los casos necesitamos detener la marcha, para ver con claridad cuál es su verdadero rumbo. Si se nos ocu­rre pedirle permiso para pasar, su nivel de distrac­tibilidad es tan agudo, que impide percibir nuestro reclamo.

Muchas veces llegamos a un restaurante y bus­camos una mesa alejada. Sencillamente porque queremos sentir un poquito de tranquilidad e inti­midad. Entonces nos tropezamos con alguien que al llegar, habla por celular como si estuviera uti­lizando un parlante, tropieza con las sillas, tira la cartera encima de la mesa y si por casualidad a usted se le ocurre girar la cabeza para precisar el porqué de tanto escándalo, puede encontrarse con una mirada expresando una simple emoción: Ya sabes que existo y estoy aquí.

En los tres ejemplos expuestos existe un compor­tamiento común después del reclamo: En el prime­ro, al tocarle el claxon generalmente aparece una respuesta agresiva. En el segundo, si le tropezamos un poco intencionalmente, para ver si despierta, también observaremos una conducta exigente de respeto a su manera de comportarse. En el tercero, una mirada expresando: Si te molesta no salgas a la calle.

Existe una variante del comportamiento histéri­co despistado, el cual describe a quien hace de su incapacidad para percibir la esencia de un fenó­meno, a un ser aparentemente distraído, buscando compensar su deficiente nivel de comprensión.

Acá podemos observar a un estudiante que cuando el profesor le hace una pregunta de con­trol, jamás está concentrado en el contenido sobre el cual se le interroga. No es falta de concentración, ni tanto de capacidad. Está determinado más bien, por el hecho de que la base esencial de sus actitu­des es hacerse sentir, entonces el comportamiento siempre es deseado. En algunos provoca rechazo, en otros, risa con lástima. Pero lo sustancial radica en que ambas conductas esperadas, llevan implíci­to un solo objetivo: Demostrar que existe y está ahí.

Pero lo más importante de los miles de ejemplos posibles a poner al respecto, es sacar a relieve un propósito supremo: Son personas buscando ser el centro de atención, de todos los que le rodean. Es como si después de percibida su presencia, ya no fuera importante ninguna consecuencia.

Estas conductas ponen a pensar sobre una inte­rrogante esencial, no a un especialista de la mente humana, sino a cualquier ciudadano común. ¿Será la histeria una enfermedad o un pecado?

Realmente desconozco el verdadero origen de este proverbio, pero en toda la bibliografía contem­poránea se le otorga a San Agustín tal privilegio. "La soberbia no es grandeza sino hinchazón, y lo que está hinchado parece grande pero no está sano".

Genial esta síntesis. El comportamiento histéri­co es hinchazón. Llama la atención no por cuali­dades positivas, sino todo lo contrario. Es molesto e indigno, y en casi la totalidad de las veces anda acompañado de la soberbia. Este término ha sido definido por religiosos, filósofos, psicólogos, políti­cos... Pero uno es suficiente para abarcar la esen­cia de lo que representa.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española lo define como: "Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las pro­pias prendas, con menosprecio de los demás. Es la magnificencia, suntuosidad o pompa. Cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o pa­labras altivas e injuriosas".

La vida de la personalidad histérica es un eter­no pecado, porque su engreimiento y arrogancia, aunque esté disfrazado por la aparente ingenuidad e inmadurez, o la simple búsqueda de lástima; no expresa más que rechazo y repugnancia. Por eso, en el curso de una terapia, los Psiquiatras y Psicó­logos no debemos por ningún motivo, alimentar las conductas pecaminosas.

Los límites entre la personalidad histriónica y la soberbia no existen. Sólo se pueden constatar mo­mentos diferentes, en dependencia del rango social en donde convive el histérico. Al respecto, Nicolás Maquiavelo (1469 - 1527), filósofo y teórico político italiano, expresó: "La naturaleza de los hombres so­berbios y viles, es mostrarse insolentes en la pros­peridad y abyectos y humildes en la adversidad".

Así que no se deje atemorizar por la frescura o atrevimiento de una persona, ni tampoco se sen­sibilice demasiado con su humildad, porque estos son términos conductuales mucho más profundos de lo que cualquier ser humano no especializado, pueda imaginar.