Introducción del libro "LA OPTIMIZACIÓN Y EL HOMBRE ÓPTIMO"

Primer libro del Dr. Mariano Cañizares Parrado. Año 1986.
Vivir es un privilegio, saber vivir es una obligación.
Vivir es un privilegio porque nos regalan la vida, saber vivir es una obligación, porque de lo contrario pasamos los años de nuestra existencia, navegando entre dolores y sufrimientos, precisamente por no saber vivir.
Si alguno de los que en estos momentos está leyendo este libro, ha sido mi paciente, ya debe saber la respuesta a la siguiente pregunta: ¿Cuál es el mayor estrés a que estamos sometidos los seres humanos? Sin demorar ni un segundo, le habré dicho: "El estrés más grande a que estamos sometidos los seres humanos es sin duda alguna, el de no saber vivir". Si dentro de cuarenta años, alguien me interrogara de forma similar, no vacilaría ni un instante para ofrecer la misma respuesta, porque a los seres humanos nos encantan los placeres, y éstos son el ejemplo vivo de la inestabilidad en el cumplimiento de las leyes naturales de la vida.
Este libro nos permitirá aprender a vivir, transitando por las Diez Fuentes Energéticas que gobiernan al organismo humano: Energía de la fe, energía alimentaria, energía del sueño y de los ensueños, energía de la dirección de los pensamientos, energía transmisión cuerpo-cuerpo, energía cósmica, energía ancestral, energía respiratoria, energía del ejercicio físico, y finalmente, la energía de la objetivación y autorrealización.
No se escapa una milésima de segundo, donde no tengamos que responder ante ellas por nuestra actitud cotidiana, de ahí la enorme importancia de conocer cómo afectan los campos biomagnéticos de nuestros órganos internos.
Todo es energía. Dentro y fuera de nosotros. Siempre tenemos su compañía. Entonces, el equilibrio biopsicosocial depende de cómo canalicemos cada una de las influencias de estas fuentes energéticas sobre nuestro organismo integralmente. Ellas predisponen conductas, modos de comportamiento biológico y social; pero quién determina cómo darle dirección a las fuentes energéticas, es el ser humano en particular. Estas predisposiciones pueden ser modificadas y alterado su curso en dependencia de los estados afectivos, cognoscitivos y volitivos, que en definitiva determinan la dirección y orientación de la personalidad individual.
Las fuentes energéticas marcan nuestro destino pero no lo determinan: El destino no es más que una encrucijada, donde existen muchas alternativas; ¿Cuál elegir?, eso no lo determina el destino, sino cada individuo en particular.
Cuando algo nos sucede, sea positivo o negativo, habría que hacer una verdadera introspección (mirada hacia adentro, sentarse consigo mismo). Entonces, debemos preguntar hasta dónde fuimos responsables de nuestro destino.
No existe fuente energética autónoma e independiente, todas interactúan. Su adecuado conocimiento y dirección, nos permiten alcanzar la categoría de un hombre óptimo.
Sólo sentiremos esa optimización, cuando hayamos transitado el difícil camino de aprender a vivir.
El que sabe y no enseña, es como si no hubiera aprendido. Aunque mi modo de enseñanza es un poco particular. Me encantan las parábolas. Por ejemplo, a mis pacientes siempre les digo: La vida es un puente fracturado al centro, donde la primera parte expresa el desconocimiento de la importancia de aprender a vivir.
La segunda, debemos construirla nosotros, como si fuera un empate, para poder cruzar las Diez Fuentes Energéticas que Gobiernan al Organismo Humano.
La tercera, es el reconocimiento de haber aprendido a vivir, por supuesto, después de cruzar la parte fracturada.
También les enseño como concibo la vida, comparándola con un edificio muy alto y a su vez, con tantos subsuelos como plantas sobre la superficie.
Antes de los 20 años vivimos en la planta baja, con jardines llenos de flores y mucha oxigenación. En los 20, estamos obligados a subir una planta y así sucesivamente, mientras transcurren los años. El mal está, que cuando tenemos 20, 30, 40 y hasta 50, aún no nos percatamos que esa torre inmensa no tiene ascensores, por eso debemos ser más óptimos en cada año cumplido, para no sentir con tanta intensidad el ascenso de las escaleras.
Cuando tenemos 80 años, vivimos en el octavo piso. Imagínese con 20 libras de sobrepeso, porque no supo alimentarse correctamente, con escasa oxigenación, porque nunca aprendió a respirar, con poca fuerza, porque no hizo bien los ejercicios físicos, con cansancio, porque no dormía bien y como si fuera poco, con rencores y expectativas frustradas de venganza, por dirigir mal la fuerza energética de su pensamiento.
Cuánto dolor sentimos si después de tantos años luchando por ascender, estamos obligados a mirar el subsuelo y decir con resignación: "Bajar me cuesta menos". Ese día habrá renunciado a su fe y así, a seguir luchando por la vida, que en definitiva es una eterna enseñanza.