Cómo he llegado a ser un hombre de éxito.

Por: Mariano Cañizares Parrado.
Vivo sin preocupaciones, porque tengo la firme convicción, de que Dios le abre los caminos al que puede caminar descalzo, sin miedo a las espinas que nunca ha sembrado.
La terapia de los proverbios, en lo personal me ha servido para derribar los muros físicos y mentales más consistentes, en los momentos más difíciles de mi vida.
Para comenzar a contarle los caminos transitados, tenga siempre presente, que el principal eslabón de la cadena de mis éxitos, ha sido construido de un material bastante escaso en este mundo neurótico: La calma, acompañada de la paciencia y la prudencia.
Por muy difíciles que sean las situaciones y compromisos en vuestra vida, lleve en su mente una bandera que diga en letras bien grandes: La irritabilidad comienza donde termina la razón. La agresión física sólo es posible, cuando mentalmente hemos sido vencidos y finalmente, no puede faltarle, que a un cerebro irritado no hace falta vencerlo.
Estos pilares, unidos a mi amor apasionado por amar, me permiten aconsejarlo, porque al ponerlos en práctica, han sido mis armas fundamentales, para evitar posibles conflictos, sufrimientos y frustraciones.
Debe saber además, que me atrevo a darle consejos, porque soy devoto incondicional del amor y la felicidad y un profundo conocedor de mis defectos y virtudes.
Una vez perdí a una amiga psicóloga, cuando le dije sin mala intención: El que piense que el amor y la felicidad no existen, debiera abstenerse de brindar consejos.
Cuando alguien lo oriente en cualquier aspecto de la vida, antes averigüe si cree en el amor y la felicidad, así sabrá con total objetividad, si ha sido un buen o mal consejo. Porque saber amar, es estar protegido ante las amenazas, tener armas para mitigar el sufrimiento y una inmensa seguridad para enfrentar el futuro.
Desgraciadamente, algunos no cuentan con su madre. Quizás porque nunca lo fue o Dios se la ha llevado para que desde el cielo los ilumine, pero lo que sí le puedo asegurar, que las madres verdaderas son lo más parecido a Dios. Nos lo perdonan todo, por muy graves que sean nuestros pecados y nos dan su parecer, en palabras que salen del corazón. Esas madres merecen ser las primeras en consultar. Por lo general nunca se equivocan.
No sea obstinado ni autoritario, al extremo de creerse el más autosuficiente. En todo momento de su vida tenga presente, que quien no admite consejos, por lo general, es el que más los necesita. Pero más aún. No se encierre, sea abierto con quienes lo estiman y le han sido fiel cada segundo. Escúchelos. Suba cada criterio a la balanza, porque quien sólo oye los consejos de sí mismo como su único alimento, matará el hambre su sabiduría.
Nunca busque la felicidad donde no se puede encontrar, porque ese es un modo especial de justificar nuestras desgracias. Intente ser muy feliz y terminará siéndolo.
Actúe cada minuto, hasta en sus sueños, pensando que el fracaso se convierte en victoria, cuando nuestra postura se viste de valor y esperanzas.
Viva pensando que el verdadero hombre de futuro, es quien mitiga la sed y el hambre, con la inquietud de lo desconocido. Pero en esta búsqueda sea objetivo y práctico, porque la solidez de los conocimientos no está en lo que se supone saber, sino en la consciencia de lo que se ignora.
En la búsqueda de la felicidad, nunca está ausente la maldad del envidioso y codicioso. Sea muy inteligente al enfrentarlos. Nunca piense que la fuerza es razón; utilice la razón para medir la fuerza. Cuando obtenga su justa medida, elija con mucha precaución la vereda por donde transitará, porque en este mundo neurótico, el que crea vivir en limpios caminos, morirá abatido por constantes tropiezos.
No sienta complejos por lo que es, o pudiera haber sido, porque cada persona en el mundo es grande a su propio estilo. Por ejemplo: Si su estatura es pequeña, no intente aumentarla de manera no natural. Todo lo contrario, siempre sea auténtico, porque la grandeza humana, no se mide de la tierra a la cabeza, sino de la cabeza al cielo. Además, la única manera de ser perfecto, es siendo portador de imperfecciones.
En cada acto de su vida, practique la sinceridad, por muy dura que sea, siempre pensando en su relatividad, pero sin perder de vista, que la verdad de las cosas sólo se ve en los ojos de aquel que la persigue.
Para encontrarla hay que practicar mucho el arte de leer entre letras, apoyado en el lenguaje de lo que se pretende ocultar.
Cultive la paciencia y nunca actúe con indecisión en sus conclusiones, porque en el inseguro el entusiasmo se disipa como el humo en la atmósfera.
Conserve viva su alma racional, aunque los abrojos encontrados en cada camino, sean demasiado punzantes, porque cuando el espíritu muere, poco valen los latidos del corazón.
Practique la libertad del perdón. Ofrecerlo es un minúsculo granito de arena, ante el inmenso rascacielos de odio para albergar el rencor.
Sienta la necesidad de abrazar al prójimo y cuando lo haga, incline su cabeza hacia el lado izquierdo de quien abraza, así podrá sentir el latido de ambos corazones. Ahí está el primer paso para empezar a amar, porque para embriagar al corazón, el amor debe correr por nuestra sangre.
Sea sentimental, pero sin alejarse de lo práctico en la toma de decisiones difíciles. En este sentido, nunca se traicione a sí mismo (a), porque ese es el peor de los engaños.
Y finalmente. Jamás invierta un minuto en cosas sin sentido,
para no tener que arrepentirse, porque lo más valioso que puede perder el ser
humano, es el tiempo.