Por: Mariano Cañizares Parrado.
Los sufrimientos de un obeso no se pueden describir con
palabras. Por tanto, sólo haré un intento, buscando una mejor comprensión.
La historia más típica de un obeso se
puede narrar como sigue: Considerémosla contada por una mujer.
Me siento rechazada, quizás de manera
inconsciente, porque creo fielmente que nadie tenga intención de dañar mi
autoestima; pero resultan muy molestas cosas como las que me suceden a menudo. Si
voy a comprarme ropas, enseguida sale un empleado y sin pensarlo me dice:
"Pero... para usted no hay tallas". Nadie puede imaginar cuánto dolor se siente,
no por el hecho de no adquirir el producto deseado y necesitado, sino por la
expresión del rostro de quien nos atiende. Realmente cuando somos obesos, sin
querer nos convertimos en seres de otro planeta.
Como si fuera poco, las casas de ropas
para los obesos se les llaman: "Almacenes Especiales". Realmente lo somos, pero
no por el nivel de aceptación, sino por el desprecio aparentemente
inconsciente, sentido a cada minuto de nuestra existencia.
Si nos comemos una hamburguesa en un
lugar público, todo el que está en el restaurante, o el que pasa y hasta el
propio mesero, nos mira como diciendo en silencio: "No se dará cuenta de lo
gorda que está". Es como si comer y saciar los gustos más comunes, se
convirtieran en un pecado capital.
Si viajamos en cualquier tipo de
transporte colectivo, ya sea un bus o un avión. Desgraciadamente ocupamos
casi dos asientos, lo cual objetivamente se hace muy incómodo para el que
comparte la silla vecina. Pero lo más significativo no debía ser la incomodidad
causada a nuestro similar, sino el sufrimiento, autocensura y sentimiento de
culpa que llevamos impregnado en lo más profundo de los sentimientos, en contra
de la voluntad. Sinceramente, no queremos molestar, sino agradar y no lo
logramos. Quizás el destino nos ha marcado el rechazo.
Si vamos a viajar en el auto de un amigo,
de una manera cordial y en forma jocosa, nos puede decir fácilmente: "Súbete
atrás, que en el asiento contrario vamos a cargar diez bolsas de cemento, así el
carro camina parejo". A todos les causa risa el chiste y hasta yo sonrío,
quizás para agradar, pero nadie puede imaginar nuestro dolor; ni la
preocupación latente en todo el viaje, por la probabilidad de una avería
causada por el sobrepeso.
De los taxis ni hablar: Sencillamente
aceleran cuando les estamos haciendo señales de pare. Es como decir: "Los
fósforos. Yo no cargo a esa gorda".
Si nuestro esposo es delgado, también se
convierte en algo incómodo compartir la cama, porque por muy duro que sea el
colchón, lo obligamos a dormir agarrado al lado extremo, de lo contrario amanece
acostado encima de nosotros. Ni hablar de la causa: El peso es tan grande, que
lo hacemos rodar como una piedra redonda en una superficie inclinada.
Roncar es la música perfecta para
conciliar el sueño, lo cual se hace extremadamente incómodo para nuestro
compañero. Eso provoca permanentes quejas, como si fuéramos culpables de
algo que no forma parte de la voluntad.
La transpiración no es graciosa, todo lo
contrario, es grasosa, lo cual provoca un olor muy característico y a veces
nada agradable. Desgraciadamente no podemos asear correctamente muchas partes
del cuerpo. No es cuestión de olvido, sino sencillamente porque no alcanzamos.
Todo esto sin considerar que somos
personas enfermas, con probabilidades de comenzar a padecer otras patologías
como: Hipertensión, diabetes, cáncer, problemas respiratorios, insuficiencia renal,
trastornos metabólicos variados... con potenciales suficientes para arrebatarnos
la vida, dejando huérfanos a los hijos; con dolores irreparables para todos
aquellos que nos aman y nos necesitan.
Las consultas médicas prácticamente nos
arruinan, porque los costos son muy elevados y la mayor parte de los países
subdesarrollados no consideran la obesidad como un problema de salud pública, a
pesar de ser una enfermedad extremadamente grave.
Como la gordura nos impide caber en
algunos espacios, parece que los gobernantes se han contagiado. Son los únicos
que no nos consideran enfermos, lo cual no es un beneficio, sino todo lo
contrario, una discriminación más.
AVANCE: Segunda parte. Yo, Mariano Cañizares Parrado, también padecí una obesidad grave tipo III. Les contaré cómo he logrado mantener el peso ideal durante 45 años.