El principal enemigo de un obeso. Primera parte.

09.03.2021

Por: Mariano Cañizares Parrado.

Los sufrimientos de un obeso no se pueden describir con palabras. Por tanto, sólo haré un intento, buscando una mejor comprensión.
La historia más típica de un obeso se puede narrar como sigue: Considerémosla contada por una mujer.

Me siento rechazada, quizás de manera inconsciente, porque creo fielmente que nadie tenga intención de dañar mi autoestima; pero resultan muy molestas cosas como las que me suceden a menudo. Si voy a comprarme ropas, enseguida sale un empleado y sin pensarlo me dice: "Pero... para usted no hay tallas". Nadie puede imaginar cuánto dolor se siente, no por el hecho de no adquirir el producto deseado y necesitado, sino por la expresión del rostro de quien nos atiende. Realmente cuando somos obesos, sin querer nos convertimos en seres de otro planeta.

Como si fuera poco, las casas de ropas para los obesos se les llaman: "Almacenes Especiales". Realmente lo somos, pero no por el nivel de aceptación, sino por el desprecio aparentemente inconsciente, sentido a cada minuto de nuestra existencia.

Si nos comemos una hamburguesa en un lugar público, todo el que está en el restaurante, o el que pasa y hasta el propio mesero, nos mira como diciendo en silencio: "No se dará cuenta de lo gorda que está". Es como si comer y saciar los gustos más comunes, se convirtieran en un pecado capital.
Si viajamos en cualquier tipo de transporte colectivo, ya sea un bus o un avión. Desgraciadamente ocupamos casi dos asientos, lo cual objetivamente se hace muy incómodo para el que comparte la silla vecina. Pero lo más significativo no debía ser la incomodidad causada a nuestro similar, sino el sufrimiento, autocensura y sentimiento de culpa que llevamos impregnado en lo más profundo de los sentimientos, en contra de la voluntad. Sinceramente, no queremos molestar, sino agradar y no lo logramos. Quizás el destino nos ha marcado el rechazo.

Si vamos a viajar en el auto de un amigo, de una manera cordial y en forma jocosa, nos puede decir fácilmente: "Súbete atrás, que en el asiento contrario vamos a cargar diez bolsas de cemento, así el carro camina parejo". A todos les causa risa el chiste y hasta yo sonrío, quizás para agradar, pero nadie puede imaginar nuestro dolor; ni la preocupación latente en todo el viaje, por la probabilidad de una avería causada por el sobrepeso.

De los taxis ni hablar: Sencillamente aceleran cuando les estamos haciendo señales de pare. Es como decir: "Los fósforos. Yo no cargo a esa gorda".
Si nuestro esposo es delgado, también se convierte en algo incómodo compartir la cama, porque por muy duro que sea el colchón, lo obligamos a dormir agarrado al lado extremo, de lo contrario amanece acostado encima de nosotros. Ni hablar de la causa: El peso es tan grande, que lo hacemos rodar como una piedra redonda en una superficie inclinada.

Roncar es la música perfecta para conciliar el sueño, lo cual se hace extremadamente incómodo para nuestro compañero. Eso provoca permanentes quejas, como si fuéramos culpables de algo que no forma parte de la voluntad.

La transpiración no es graciosa, todo lo contrario, es grasosa, lo cual provoca un olor muy característico y a veces nada agradable. Desgraciadamente no podemos asear correctamente muchas partes del cuerpo. No es cuestión de olvido, sino sencillamente porque no alcanzamos.

Todo esto sin considerar que somos personas enfermas, con probabilidades de comenzar a padecer otras patologías como: Hipertensión, diabetes, cáncer, problemas respiratorios, insuficiencia renal, trastornos metabólicos variados... con potenciales suficientes para arrebatarnos la vida, dejando huérfanos a los hijos; con dolores irreparables para todos aquellos que nos aman y nos necesitan.

Las consultas médicas prácticamente nos arruinan, porque los costos son muy elevados y la mayor parte de los países subdesarrollados no consideran la obesidad como un problema de salud pública, a pesar de ser una enfermedad extremadamente grave.

Como la gordura nos impide caber en algunos espacios, parece que los gobernantes se han contagiado. Son los únicos que no nos consideran enfermos, lo cual no es un beneficio, sino todo lo contrario, una discriminación más.

AVANCE: Segunda parte. Yo, Mariano Cañizares Parrado, también padecí una obesidad grave tipo III. Les contaré cómo he logrado mantener el peso ideal durante 45 años.