¿Falta de estrógenos o ausencia de sexo?
Por: Mariano Cañizares Parrado.
Siempre he sido un profesional extremadamente interesado en la sexología. No existe un libro científico en este campo del saber, que al menos no lo haya revisado en sus aspectos fundamentales, porque esta esfera de interacción entre los seres humanos, es una necesidad fisiológica imprescindible; tanto como defecar y orinar.
Por supuesto, la frecuencia es distinta a las dos necesidades expresadas anteriormente. Imagínese usted; hay quienes orinan siete veces por día y hay otros que padecen de estreñimiento y se pasan cinco días sin defecar. Ambos extremos están en disonancia con la verdadera frecuencia en la realización del coito.
La normalidad en los términos del sexo, siempre que partamos del presupuesto, de que no existe ninguna disfunción fisiológica o psicológica, es extraordinariamente relativa, porque ella está afectada por varias condicionantes. Entre las fundamentales podemos mencionar:
- Edad. No es lo mismo la necesidad de relación sexual en un joven de 18 años, que en una persona de la tercera edad.
- Comodidades para llevar una vida íntima. Es decir, privacidad y un ambiente acogedor. Por supuesto, facilita más la aparición del deseo.
- Tenencia de hijos, lo cual provoca afectación considerable de la condicionante número dos.
- Hábitos y costumbres de la región geográfica donde se vive. No es lo mismo la frecuencia sexual de un caribeño (casi a diario), que la de un alemán (con una media de ocho por mes). De igual manera ocurre con las personas que viven en zonas rurales, donde por los altos niveles de oxigenación y ausencia de estrés elevado, se hace más frecuente el acto sexual, que en las grandes ciudades, donde se vive exactamente todo lo contrario.
- La profesión también es determinante en el sexo. Ejemplo: La frecuencia sexual de un científico en ejercicio, es muy inferior a la de un trabajador de la construcción.
- Finalmente; es determinante haber elegido correctamente nuestra pareja y mantener excelentes relaciones personales. El deseo unido al amor, condiciona de manera decisiva la frecuencia sexual.
Algo muy importante es no dejar que nuestra vida matrimonial se haga rutinaria, porque la rutina envejece y mata el espíritu de los seres humanos, haciendo de cualquier cosa hermosa por naturaleza, algo extraordinariamente aburrido por su contenido y forma de expresión.
Con relación a la exigencia de mayor o menor frecuencia sexual, existe una teoría bastante machista, asegurando que los hombres necesitamos más el sexo que las mujeres. No existen mujeres frígidas, sino hombres incapaces de despertar el deseo.
Algo muy significativo, para mantener una frecuencia elevada en las relaciones sexuales, es la fidelidad (tanto física como mental), de ambos miembros de la pareja. Cuando uno de los dos, siente necesidad de concentrar su mente en un ser que no es el que tiene delante, en el momento del sexo, sencillamente esa relación está condenada a la traición y con ello al fracaso y la ruptura final.
Una vez me hicieron un cuento, donde un matrimonio dedicado a la cría de ganado vacuno, quería comprar un toro, que pudiera atender sexualmente a un rebaño superior a diez vacas. Visitando a un ganadero dedicado a la venta de sementales, éste iba mostrándoles diferentes ejemplares, ubicados en distintos compartimentos de la finca.
Cada vez que les mostraba uno nuevo, les decía la frecuencia sexual diaria: Este cebú tiene tres relaciones por día, decía el vendedor, a lo cual la mujer respondió con un codazo discreto a su esposo, diciéndole: Ves... El próximo podía tener cinco coitos diarios, a lo que la mujer siempre respondía con la misma agresión (el codazo) y la misma frase, ves... Así sucesivamente llegaron al último toro, el cual mantenía una frecuencia superior a las diez veces por día. Cuando la mujer miró a su esposo, éste no dio tiempo al codazo y menos aún a la frase tantas veces repetida. Miró al vendedor y le preguntó en tono imperativo: Pero, ¿siempre es con la misma vaca?, a lo cual el empresario respondió rápido y con total seguridad. ¡No, con distintas vacas! Inmediatamente el esposo miró a su señora y dándole un codazo en las costillas, le dijo: Ves...
Quise hacerles esta fábula, porque desgraciadamente muchos sexólogos, son los responsables de la senectud anticipada en las relaciones íntimas de un matrimonio, asegurando que a los dos años empieza a morir el deseo sexual, o que éste comienza a perder frecuencia con los años y no sé cuántas anormalidades más, que no son sino el reflejo de sus propias inestabilidades; causantes directos de cientos de divorcios, bajo la justificación de la pérdida del deseo; en vez de ofrecer suficientes conocimientos para matar la posible rutina, imperante en las parejas que viven en este mundo neurótico.
La clínica no puede quedarse en lo empírico. Para hacer ciencia, debemos partir del criterio, que todo fenómeno de la naturaleza humana, puede ser objeto de estudios experimentales, con el fin de disminuir a la mínima expresión, las probabilidades de caer en una iatrogenia médica, la cual en todos los casos trae consigo afectaciones de la salud.
Desde el año 1984, pero especialmente en los últimos veinte años, vengo realizando un estudio experimental con todas las mujeres que al llegar a mi consulta refieren trastornos típicos del proceso de la menopausia, especialmente, aquellas que justifican los calores y sudoraciones, supuestamente como consecuencia de la ausencia de estrógenos.
Los resultados de todas las investigaciones, han dejado totalmente claro, que los calores y las sudoraciones en las mujeres en proceso de menopausia, dependen de falta de estrógenos, sólo en un 3,2% del total de la muestra. Mientras que el 96,8% está en relación directa con la ausencia de la hormona melatonina, producto de una insuficiente frecuencia en las relaciones sexuales.